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dijeron que había muerto de sífilis. pero cuando abrieron el ataúd, su cadáver reveló la verdad….

Dijeron que había muerto de sífilis. Pero cuando abrieron el ataúd, su cadáver reveló la verdad

En el año 1922, Mollie Maggie, trabajadora de una fábrica estadounidense, murió trágicamente por una hemorragia en su vena yugular. Durante ese año su cuerpo había empezado a desintegrarse rápidamente. Primero fueron sus dientes, que se pudrieron uno a uno y debieron ser removidos por su dentista.

Pero las encías, en vez de sanar, se ulceraron y llenaron de pus. Luego perdió la mandíbula, su cintura se quebró y no pudo caminar más, hasta que llegó el inminente final. ¿El motivo? Según su acta de defunción, sífilis, pero según lo que sabemos hoy, un envenenamiento en esa época poco estudiado, pero que hoy en día conocemos muy bien: la radiación.

Una tras otra, decenas de mujeres empezaron a morir en Estados Unidos por los efectos nocivos de la radiación en el cuerpo. Todas ellas trabajaban en fábricas de relojes pintando números fluorescentes. Al comienzo parecía un buen trabajo, ya que les pagaban tres veces más que en cualquier otro lugar. Felices, las mujeres sentían que por fin podían permitirse una pequeña independencia económica en una época en donde recién comenzaba la lucha de género.

A comienzos del siglo XX, los números de los relojes se pintaban con una mezcla que contenía radio, lo que les otorgaba su luminosidad característica. Las trabajadoras, chicas jóvenes de 14 años para adelante, tenían la instrucción de afinar la punta de los pinceles con su boca. Por supuesto, cada vez que lo hacían, ingerían una pequeña cantidad de la mezcla. Según la fábrica, eso no causaba ningún daño. Si bien se sabía que la radiación era peligrosa, los dueños de estas empresas habían financiado

La sustancia fluorescente estaba tan de moda que las jóvenes trabajadoras incluso pintaban sus dientes para que se vieran luminosos. La gente las llamaba “las chicas fantasma”, porque el contacto con la tóxica mezcla hacía que su piel brillara en la oscuridad. Pero la verdad era que poco a poco, todas ellas se estaban envenenando. Mollie fue la primera muerte, pero ciertamente no la última. Sus compañeras siguieron sus terribles pasos, aunque con distintos síntomas y problemas.

Unas daban a luz a hijos muertos, otras presentaban cansancio crónico. Sus cuerpos comenzaban a desintegrarse poco a poco, formando agujeros en la piel, pulverizando huesos o creciendo tumores mutantes. Hoy sabemos que el contacto externo con la radiación destruye el tejido humano, pero ellas se lo estaban comiendo. Estando dentro de su cuerpo, el daño era infinitamente peor. Y no había nada que pudieran hacer para revertirlo.

Tras las primeras muertes, las chicas supieron su horrible destino. Nada podría salvarlas del terrible y doloroso futuro que se avecinaba. Pero sí había algo que debían hacer, no por ellas, sino por todas las chicas que aún estaban empleadas en aquellas fábricas: denunciar a las empresas. Así empezaron las batallas legales. Las mujeres querían probar que la empresa les había mentido y que el radio era lo que las estaba enfermando.

Sin embargo, las fábricas financiaron estudios falsos que “probaron” que ese no era el motivo. Además, se escudaron en la diversidad de síntomas y en el certificado de defunción de Mollie, que declaraba que había muerto de sífilis. Solo cuando un hombre murió los expertos se tomaron el caso en serio. En el año 1925, Harrison Martland probó de manera irrefutable el vínculo entre el radio y el envenenamiento que sufrían las mujeres. Y cuando exhumaron algunos de los cadáveres no cupo ninguna duda: los cuerpos aún brillaban con ese característico fulgor de los números que con sus propias manos habían pintado.

Las mujeres llevaron la lucha tan al extremo, que incluso declararon en sus lechos de muerte. Los periódicos las hicieron portadas y, aunque las empresas negaran todo y falsearan autopsias, ya no podían seguir ocultando la verdad: que habían envenenado y asesinado a sus trabajadoras. Recién en el año 1938 se reconoció la culpabilidad de los dueños de las fábricas, quienes por su negligencia habían provocado la muerte de las jóvenes mujeres.

¿Y cuáles fueron las consecuencias de su victoria? Pues nada más y nada menos que cambiar por completo la forma en que los empleados trabajan. Desde que ellas pudieron probar la veracidad de su historia, las empresas y fábricas están obligadas a hacerse cargo de la seguridad de sus trabajadores. Básicamente, es gracias a ellas que existen muchos de los derechos que gozamos en la actualidad, y que son reconocidos de manera internacional. Lamentablemente, las chicas fantasma han sido

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